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No matches found.Los taxistas
Septiembre 10, 2007
Siempre me han maravillado las historias. Será por eso que me gusta el oficio de periodista.
Me gusta por ejemplo escuchar al peluquero mientras me corta el cabello porque, no sé como le hacen, siempre tienen algo de que hablar y todo a la medida del cliente en turno.
Pero me gusta también platicar con los taxistas. Ellos tienen muchas historias que contar. Cada día de trabajo es una experiencia diferente. Conocen a todo tipo de personajes y en ocasiones hasta se juegan la vida en el oficio, especialmente si se es taxista en una ciudad como Tijuana.
El pasado fin de semana estuve en esa ciudad fronteriza y me dio por coleccionar las historias de los choferes de taxis que utilicé, que dicho sea de paso son personajes pintorescos por lo diferentes que pueden ser uno del otro.
Los hay serios, a quienes no se les saca una sola palabra; los hay dicharacheros, no te dejan hablar; hay quienes manejan con precaución y quienes te ponen a arrepentirte de tus pecados.
Pero a mi me gusta escuchar a todos, no discutir sino darles por su lado, después de todo de lo que se trata es de escuchar lo que tienen que contar y no de ponerse a debatir en pleno taxi.
Uno de ellos por ejemplo me platicaba sobre cómo los maestros tomaron la línea impidiendo el pase tanto a los que entraban como a los que salían por más de tres horas. “Ya se imaginará como se puso la línea”, me comentó el taxista. “Pero yo apoyo a los maestros, eso que les quieren hacer no tiene nombre”, siguió. “Quieren hacer reformas que les van a perjudicar”.
— ¿Se refiere a la reforma del ISSSTE? le pregunté.
— Sí, les quieren quitar prestaciones y eso no es justo. El maestro debe ser respetado, es la base de la educación. Yo tengo una imagen muy respetable de los maestros. Los padres de familia a veces nos enojamos porque no hay clases cuando nosotros también podríamos poner presión para que esto se solucione.
Por supuesto que no le contradije, más bien le di la razón y seguimos entrados en la plática antes de que me dejara en mi destino.
El siguiente taxista que tomé también tocó el tema de los maestros. La conversación comenzó de igual forma: el cierre de la frontera por los docentes.
— Son unos insensatos, me dijo este taxista para referirse a los maestros. Yo no sé que más quieren si tienen buenas prestaciones pero nunca están conformes; quieren más y más.
Yo me sonreí pero tampoco le contradije. “¡Ah que maestros!”, me limité a decir, antes de que este taxista me dejara en Plaza Río, donde por cierto aproveché para pasar al cine y ver “El búfalo de la noche”, con Diego Luna, escrita por Guillermo Arriaga (el escritor de Amores Perros, 21 gramos, Babel, entre otras) y que dicho sea de paso no la recomiendo.
Ese día, el taxista que me llevó de regreso al hotel no me contó ninguna historia porque se la pasó todo el trayecto hablando por radio y casi chocamos en dos ocasiones.
A la mañana siguiente decidí ir al centro y el chofer del taxi que tomé en esta ocasión me contó historias interesantes.
Me contó cómo ya lo han asaltado tres veces en los últimos meses.
— Una vez me pusieron una pistola en el cuello, me quitaron como 150 dólares y el taxi, me dijo.
Muchos de los taxis ya cuentan con aparatos de rastreo para evitar el robo de vehículos, debido a la cantidad de asaltos que se registran diariamente.
—Después encontré la unidad, prosiguió el señor, y agregó que ésta ya no tenía motor ni transmisión.
— ¿Y por qué no busca otro trabajo? le pregunté.
— A mi edad ya nadie me da trabajo, me tengo que aguantar.
Pero sin duda la historia más impactante de la jornada me la dijo Julio, mi amigo taxista.
Señor regordete, diabético y dicharachero, Julio tomó confianza de inmediato, incluso me llamaba Migue como si me conociera de años.
Me contó también de varios asaltos, pero la historia que más me sorprendió le sucedió en sus años mozos, “cuando cruzaba gente para los Estados Unidos”.
Según Julio, un accidente que sufrió cerca de la línea lo mantuvo en coma por varios días.
“Ves tu vida desde el comienzo. Recuerdas todo, desde que estabas chico hasta el presente”, me contaba el señor al mismo tiempo que saboreaba una suculenta fruta picada.
“Yo sentía que me caía en un pozo negro, iba cayendo y no tenía de donde agarrarme veía una luz en el fondo y trataba de alcanzarla pero no podía”, prosiguió el señor mientras yo atento escuchaba su relato.
“Desperté al tercer día. Pensé que ya me había ido pero no. Vi a mi familia y entonces entendí que estaba vivo.
Desde entonces aprendí a apreciar más la vida”, me dijo justo cuando me dejaba entre la calle 11 y Negrete, en la pozolería Doña María. Allí, en silencio digerí un buen pozole blanco y digerí también lo que el taxista me acababa de contar.






