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Pegarle al gordo

Noticiero Semanal

Conozco a un fulano que siempre está soñando con ganarse la lotería.

Según él no porque quiera ser rico, sino porque quiere conseguir la libertad para poder hacer lo que más le gusta. Es decir, dejar de trabajar para sobrevivir o vivir para trabajar y desarrollar lo que le satisface el alma.

Me cuenta que si se ganara la lotería pondría su renuncia con dos semanas de anticipo, para no ser tan mala onda con su empleador y darle tiempo para buscar un reemplazo. Dice también que ayudaría a sus padres y a sus hermanos. Y pasaría mucho más tiempo con ellos.

Luego, dice, haría un viaje con su novia alrededor de Europa, Sudamérica y México para luego regresar a casa cargado de energías y empezar a construir su bienestar aquí.

Lo primero, me cuenta en sus ratos de delirio, sería reunirse con algunos colegas y amigos para comenzar a planear un periódico en español que cubra gran parte del Valle. “El Otro”, dice sería el nombre de la publicación.

Quiere que “El Otro” toque temas de fondo sin temor de hacer enojar a gente importante y sin estar cuidando que los grandes patrocinadores no quiten los anuncios porque se publicó algo que no es de su agrado. Quiere que el periódico sea comprometido. Y para ello, dice, cree conocer a la gente adecuada.

Esta persona participaría en el proyecto, claro. Y utilizo el verbo participar y no trabajar porque el periodismo escrito para él es un placer y no un trabajo.

En su casa de sus sueños, este peculiar soñador me cuenta que construiría una cancha de futbol exclusiva para un equipo que él mismo dirigiría. Haría también su propio mini-gimnasio para jugar futbol de salón. Crearía un pequeño fondo de becas para estudiantes de pocos recursos que quieran seguir una carrera universitaria. Compraría para si mismo muchísimos libros para poder leer aun más ahora que, él cree, tendría más tiempo.

A su pueblo natal donaría bibliotecas enteras, fondos para la fomentación del deporte, la cultura y otras actividades que eviten que la juventud invierta su tiempo consumiendo drogas y caguamas.

Y tiene muchísimos otros planes, sólo que hasta allí llega su delirio porque de inmediato la realidad lo despierta y tiene que seguir viviendo.

Pero al igual que mi amigo, existen millones y millones de personas que sueñan con lo mismo. Lo único que varían son las formas de gastar el dinero.

Por lo regular todo mundo piensa en sus padres y en comprarles una casita y sacarlos de trabajar. Otros prometen a los amigos unos dos o tres milloncitos.

Hay quienes aseguran que donarían mucho dinero a los pobres del mundo y que ayudarían a los desamparados.

Es más, a algunos hasta les pasa por la cabeza abandonar a su pareja en turno para disfrutar solos del placer que creen obtendrán con su dinero.

Cada semana, o cada que el mega rebasa los 100 millones (antes no vale la pena), se juntan las coperachas en el trabajo para juntos invertir y ver si esta vez le pegan.

Pero también cada semana las esperanzas se derrumban; no así los sueños que siguen latentes y se renuevan a la semana siguiente, hasta que alguien ajeno del Valle de San Fernando, o de Oakland, o de San Diego, o de cualquier otro lugar, menos de la ciudad o del barrio donde uno vive, le pega al gordo.

Entonces a esperar hasta que se junten otra vez unos 100 millones para volver a soñar y volver a hacer planes.

Hace un par de semanas, cuando el premio mayor estaba en $267 millones mi amigo adhirió un deseo más a su lista. Además de sus campos de futbol y sus planes filantrópicos me dijo que quería establecer un negocio familiar para darle trabajo a todos sus parientes y amigos y que éstos no tengan que andar trabajando en un país donde no quieren estar.

Sin embargo, cada vez que delira de esta forma, irremediablemente sus sueños son interrumpidos por dos dolorosas realidades.

La primera es que para poder ganarse la lotería es necesario comprar billetes de lotería y mi amigo pocas veces lo hace. Más bien su novia es quien compra y quién sabe con qué intención. Tal vez sea una de esas que piensa abandonar a su pareja si su billete sale premiado.

La otra cruda realidad es la que más aqueja a mi querido amigo.

Tener mucho dinero significa invertir mucho tiempo en cuidar que ese dinero no se acabe. Y si ese es el caso, entonces mi amigo no podría conseguir la tan ansiada libertad para poder hacer lo que más le gusta, que es lo que él fervientemente desea. Más bien, piensa, a sus actuales problemas agregaría otros.

Y entonces triste, resignado, temeroso, no sé si sinceramente o por la frustración de no ser un ganador, se dice a si mismo a manera de consuelo: “mejor prefiero quedarme así como estoy”.

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