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LA TRAMPA DEL PESIMISMO

A menudo, dedico una columna al informe anual de la Oficina de Censos sobre “Ingresos, pobreza y cobertura del seguro médico”. Es un patrón estadístico que tradicionalmente mide nuestro progreso —o la falta del mismo— en lo concerniente al bienestar económico de los norteamericano. Pero el informe de este año para 2010, que se dio a conocer la semana pasada y recibió una enorme cantidad de cobertura, falla en forma lamentable. Subestima las malas noticias.

No es que las conclusiones sean optimistas. Justamente lo opuesto: Son deprimentes. El ingreso familiar medio (el ingreso precisamente en el medio de la distribución) fue de 49.445 dólares, un 6,4 por ciento por debajo del de 2007 (52.823 dólares), el pico más reciente, y el más bajo desde 1996 (49.112 dólares). Descensos comparables tuvieron lugar en el pasado; por ejemplo, la caída de 1979 a 1983 fue de un 5,7 por ciento. Todas estas cifras se expresan en dólares de 2010, ajustados a la inflación.

La tasa oficial de la pobreza cuenta una historia similar. Fue de un 15,1 por ciento en 2010, lo que significa que un poco más de un séptimo de la población tiene ingresos anteriores a los impuestos por debajo de la línea de la pobreza (22.314 dólares para una familia de cuatro personas). Es un tres por ciento superior a la cifra de 2006 (12,3 por ciento) y, lo que es más elocuente, equivale a alrededor de 10 millones más de personas: 46,2 millones versus 36,5 millones. Deprimente.

Pero, nuevamente, no inusitado. La tasa de la pobreza llegó a un 15,1 por ciento en 1993, después de la recesión de 1990-91 y fue del 15,2 por ciento en 1983, después del brutal revés económico de 1980-82.

A partir sólo de las cifras, el mensaje parece ser que hemos experimentado esta situación antes. Las recesiones tienen un terrible coste. Es una historia conocida. Pero pienso que no es cierta —la Gran recesión es diferente— y sospecho que la mayoría de los norteamericanos están de acuerdo. Las tendencias habituales medidas por el Censo (ingresos, pobreza, seguro médico) son incompletas. Éso no es culpa del Censo. Aún así, no comunican plenamente los efectos de la recesión sobre el bienestar y la psicología de los norteamericanos.

Excluyendo la larga crisis de 1980-82, las recesiones desde la Segunda Guerra Mundial han sido acontecimientos compartimentados. El sufrimiento y las penurias se concentraron en una pequeña parte de la población: los trabajadores que perdieron sus puestos de trabajo, y sus familias; los propietarios de empresas cuyas firmas quebraron. La mayoría de los estadounidenses continuaron como antes. Leían sobre la recesión pero no la experimentaban. La tasa máxima de desempleo generalmente no excedió un 8 por ciento (las excepciones fueron un 9 por ciento para la recesión de 1973-75 y un 10,8 por ciento para 1980-82).

Pero ya no es así.

Incluso para millones de norteamericanos con trabajo, hay un sentido palpable de pérdida y ansiedad. En parte se debe a la devastadora crisis de la vivienda, que ha restado enormes sumas de la riqueza de la gente. Alrededor de la mitad de las familias poseen también acciones por medio de cuentas de jubilación, fondos de inversión o cuentas ordinarias de corredores. Los virajes diarios del mercado imparten un infinito sentido de vulnerabilidad.

Quizás igualmente poderosos sean los temores de los padres por sus hijos. La tasa de desempleo para trabajadores jóvenes (de entre 20 y 24 años) siempre es alta —los jóvenes son inquietos y se mueven entre escuela y puestos de trabajo— pero ahora es de un astronómico 14,8 por ciento. Comenzar es difícil; los estudios sugieren que los trabajadores jóvenes, que experimentan trabajo intermitente y jornales bajos en una economía dura, pueden sufrir ganancias deprimidas permanentemente durante toda la vida.

Lo que también ha cambiado es la naturaleza del empleo. A principios de los años 80, muchos de los desempleados habían sido despedidos temporariamente, como señalan los economistas Steven Davis, de la Universidad de Chicago, y Till von Wachter, de Columbia University, en un estudio para la Brookings Institution. Estos trabajadores cobraron beneficios de desempleo; se esperaba que se llamaría a la mayoría de vuelta al trabajo. No se sintieron desechados.

Ahora, la mayoría de los trabajadores despedidos necesitan puestos nuevos, con la probabilidad de sueldos menores. Y muchos de los empleados se preocupan. Una encuesta Gallup pregunta, habitualmente, a trabajadores si temen recortes en las horas de trabajo, los salarios y los beneficios —o que los despidan. En agosto, las respuestas fueron, respectivamente, 30 por ciento (horas), 33 por ciento (salarios), 44 por ciento (beneficios) y 30 por ciento (despido). Considerando una cierta superposición, probablemente la mitad se sintió amenazada.

Una sensación fatalista de que la crisis económica nunca terminará está a menudo presente, como lo está ahora, en los estadios tempranos de la recuperación. Alguna vez en el futuro, quizás veamos la melancolía de hoy en forma similar. Tal vez estamos atrapados en una trampa de pesimismo. Pero las recesiones pasadas a menudo tuvieron beneficios. La crisis de 1980-82 fue inducida para sofocar la inflación —y lo hizo. Los incrementos en los precios al consumidor cayeron de un 13 por ciento en 1980 a un 4 por ciento en 1982. Todo beneficio de la Gran Recesión está bien oculto.

A menudo se denomina al estudio de ingresos y pobreza del Censo como “boletín económico de la nación”. Paradójicamente, las bajas calificaciones de este año en realidad exageran nuestro desempeño. La historia sugiere que nuestras calificaciones mejorarán a medida que la economía mejore. Quizás. Pero si esta crisis es diferente —como parece— las calificaciones del año que viene podrían ser peor.


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