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En mi tipo de trabajo, he conocido individuos que valen cientos de millones de dólares. Y sin embargo, el hombre más rico que conozco es un educador y funcionario público.
He conocido a Larry Powell durante 27 años. En aquel entonces, yo era un inquisitivo estudiante del último año de la secundaria, que estaba ansioso por irse de su casa, y Larry era mi profesor de Instrucción Cívica.
Larry, que pasó toda su carrera en nuestra California central, ascendió el escalafón educativo de maestro a director y, de allí, a segundo del superintendente escolar del Condado de Fresno. Supervisa 325 escuelas y 35 distritos escolares, que sirven a unos 195.000 estudiantes.
Ahora, gracias a un heroico y cálido gesto, este educador de 63 años se ha convertido en celebridad nacional. Es un papel que mi amigo nunca buscó y que, probablemente, detesta.
No es que no aprecie los 2.000 mensajes electrónicos que ha recibido y los 5.000 mensajes de Facebook. A Powell le gustó, especialmente, la nota que le llegó de un estudiante de último año de una escuela local, donde le decía que había restaurado la “confianza [del estudiante] en los funcionarios electos”. Y también ha de ser agradable recibir una llamada telefónica del secretario de Educación, Arne Duncan, quien agradeció a Powell y, en una declaración, calificó su liderazgo de “absoluta inspiración”.
Aún así, incluso antes de hablar con mi amigo por teléfono, pude adivinar que se sentiría incómodo con tanta atención. Powell preferiría que la atención no recayera sobre él y su gesto, sino sobre las escuelas a las que sirve y lo qué podrán hacer con el regalo de jubilación que les está dando.
Larry va a devolver 288.241 dólares en salario y beneficios, durante los tres años y medio que quedan de su período. Se jubiló —por un día— y después volvió a trabajar por alrededor de 31.000 dólares sin beneficios. Y también ha dicho que tiene planeado donar el nuevo salario más bajo, como beneficiencia.
El ahorro total para las escuelas será de unos 830.000 dólares, que Larry tiene pensado dirigir a programas que le importan —campañas contra el matonismo, las artes y la educación preescolar— para protegerlos de las reducciones presupuestarias. El dinero ayudará a salvar entre ocho y 15 puestos de trabajo, estima, y creará otros doce.
El coste total para mi amigo será de 200.000 dólares en el curso de los próximos tres años y medio, más otros 120.000 dólares del salario que está donando. Y, porque técnicamente se jubiló temprano sin terminar su período, renunciará a otros 28.000 dólares por año en beneficios de pensión durante cada año de su jubilación.
Es una cantidad considerable. Ahora saben por qué no oyen hablar de historias como ésta más a menudo.
La mayoría de la gente, en este país, trata la vida como un juego de mesa, en el que el objetivo es obtener tanta riqueza como sea posible —y después gastarla toda. Es el mensaje que Madison Avenue y los avisos de televisión nos han inculcado, urgiéndonos a comprar esa marca de automóvil, tanto si podemos como si no podemos pagarla. Después de todo, nos la merecemos.
El regalo también representa un sacrificio para Larry. Pero no va a ser fácil que lo convenzan de eso. En su opinión, es sólo una expresión natural de los valores cristianos que lo han guiado toda su vida.
“Mi fe es la base de esto”, me dijo. “No juzgo a la gente, porque un día yo seré juzgado. Pero trato de animar a los demás a que hagan lo que puedan. No es necesario ser rico para lograr un impacto positivo en la vida de la gente”.
Además, expresó, él y su esposa cuentan con suficientes fondos de jubilación. Tienen una hija adulta, que ha terminado la universidad y es independiente. No es necesario acumular más dinero.
“Está bien gozar de abundantes recursos y beneficios”, expresó. “Pero hay que saber lo que va junto a eso. ¿Qué está uno haciendo con esos recursos para ayudar a la gente?”
Siempre maestro, Larry tiene una última lección que impartir. Y es importante.
“El dinero no lleva a la felicidad”, dijo. “¿Eres sano? ¿Les va bien a tus hijos? Eso es lo que realmente importa. ¿Cuál será tu legado?”
Tomen mi palabra. El legado de Larry Powell está asegurado. Es un hombre bondadoso, que hizo algo sorprendente que, irónicamente, para los que lo conocemos y respetamos, no es para nada sorprendente.
La dirección electrónica de Ruben Navarrette es ruben@rubennavarrette.com.




