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Virtudes de una buena fogata

Noticiero Semanal

Diciembre 7, 2007

Hay una columna del escritor español Arturo Pérez-Reverte titulada “Fuego de invierno” —contenida en el libro Con ánimo de ofender— que me gusta releer cada vez que tengo oportunidad.

En citado artículo Pérez-Reverte narra una sencilla anécdota personal. Resulta que una mañana de invierno en Madrid, el escritor salió a comprar el pan en su vecindario. Tras llegar a la tienda se sintió atraído por una fogata que había encendido el tendero a las afueras de su negocio. Alrededor del fuego estaban el párroco de la iglesia, el mismo tendero, dos albañiles y se les unió el autor. Luego, narra el escritor, llegaban más clientes e invariablemente se detenían un poco a un lado del fuego a platicar con los demás. Incluso uno que conducía un BMW que a Pérez-Reverte siempre le había parecido un fanfarrón se detuvo para contar cuando era niño y su mamá le daba la sopa caliente cuando se enfermaba. “Es simpático este capullo”, terminó por aceptar el escritor.

“Parece mentira lo que hace un buen fuego. Nadie tenía prisa”, dice Pérez-Reverte en su columna. Con el fuego como testigo los allí presentes comenzaron a compartir anécdotas de la infancia. Aunque todos eran vecinos, fue apenas junto al calor de la hoguera que se conocieron, en cinco minutos, más de lo que se habían conocido en años de vivir en el mismo vecindario.

Me acordé de esta columna de Pérez-Reverte el pasado Día de Acción de Gracias, cuando en casa de unos familiares míos nos reunimos para celebrar. Aunque el día fue puro pretexto, porque ni dimos gracias ni comimos pavo. Ya sabe usted como somos los mexicanos. Aprovechamos cualquier oportunidad para comer y beber.

El caso es que nosotros comimos carnitas. Nos congregamos alrededor del caso y de otra fogata que encendimos para calentarnos.

Y sí, Pérez-Reverte tiene razón, parece mentira lo que hace un buen fuego.

Las carnitas, la lumbre, e incluso el Día de Acción de Gracias sólo fueron un pretexto para la reunión y la convivencia.

Con la hoguera como testigo platicamos largo, sabroso y tendido de anécdotas y chismes de nuestro pueblo. Créame que hay pocas cosas más placenteras que las buenas pláticas, sin prisas, sobretodo cuando el tema es algo en común, como hablar de Parácuaro, Michoacán en este caso.

Allí estábamos con una música que —aunque a mi particularmente no me agrada— era lo de menos porque la plática estaba sabrosa. Los chistes, las risas, las carnitas calientitas y el espectáculo de “el Tábano” ya ebrio bailando y haciendo reír a los demás.

En la televisión había futbol, la liguilla mexicana, pero a nadie nos importó (será porque el América está eliminado) y preferimos seguir conviviendo.

Y mientras escuchaba las risas y el sinfín de anécdotas yo pensaba en el tema de la felicidad. Pensaba en que el conjunto de cosas que la componen son realmente sencillas. Basta con tener comida y con quien compartirla para armar un rato sabroso. Yo no me quería ir, a pesar de que el fuego era insuficiente para calmar el intenso frío.

Tenía tiempo de no convivir con mis familiares que radican aquí (mis papás y hermanos viven en México), por mis ocupaciones.

Y mientras yo seguía pensando, Collo me dice: “Migue, deberías escribir un artículo de nosotros, de cómo convivimos”, y yo pensé que sí, que no sería mala idea. Y mientras todo eso pasaba, mi prima Ericka (Murguía) se turnaba para sacar a bailar a sus tíos: Raúl y el Tábano, cuya borrachera en lugar de resultar pesada esta vez era divertida.

Por su parte mi tía Tere sacaba más carnitas del caso con la pala, para seguir botaneando.

Pero como todo termina, al final hay que regresar a casa.

En el trayecto yo venía pensando en el artículo de Pérez-Reverte. Así que cuando llegué volví a leerlo. Esta vez, más que otras veces, me tocó la manera en que Pérez-Reverte termina el mismo:

“‘Ojalá hubiera más hogueras, pater’, le comenté a don José (el párroco) mientras extendía mis manos hacia el fuego, cerca de las manos de los otros. Y el viejo párroco se reía: ‘a mí me lo vas a contar, hijo. A mí me lo vas a contar’”.

Igual yo, cuando llegué a casa pensé de la misma forma: Ojalá hubiera más fogatas, y más carnitas y más días de Acción de Gracias.


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