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No matches found.Mentar la madre en español
¿En qué idioma están hablando? nos preguntó a mi amigo y a mi un asiduo cliente del café en donde solemos juntarnos y compartir estrategias para componer el mundo.
—Español, contestamos ambos en coro.
Tras una explicación no pedida proseguimos con nuestra conversación.
¿Y cuando piensas, en qué idioma piensas? volvió a irrumpir el susodicho, esta vez dirigiendo la pregunta a mi amigo.
Era la tercera interrupción de la tarde-noche de este inoportuno bebedor de café a quien no le importaba cortar de tajo una amena charla sobre la licencia literaria que se tomó el poeta Juan Ramón Jiménez para remplazar la “G” por la “J”, cuando sonaba como tal.
—En español, contestó mi amigo, con paciencia de ajedrecista. También sueño en español. Y cuando inconscientemente se me sale una mala palabra también es en español, siguió adhiriendo adelantándose a la ráfaga de preguntas que seguramente seguiría haciendo nuestro amigo en turno.
El señor, que en su descargo debo decir en ningún momento se expresó de mala fe, tenía un gesto de incredulidad; como que le resultaba curioso el hecho de que también fuera posible soñar en español.
Esa actitud de desconfianza, de desagrado, a veces indiferente y hasta ignorante (no siempre con mala intención) hacia los inmigrantes la vemos a diario en gran parte de la población estadounidense. Como si quisieran que la mano de obra latinoamericana desapareciera después de las jornadas laborales; cuando se acaba el trabajo en el campo, en las empacadoras, en la construcción.
Parece que después del trabajo somos bichos raros. No nos quisieran encontrar en el café, o en la tienda.
Para muchos, los inmigrantes somos “Los Nadies” de los que habla Eduardo Galeano en uno de sus tantos escritos. Esos que “no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local”.
Los inmigrantes estamos condenados a cargar con el estigma de la falta de pertenencia. Nada es nuestro. Ya no somos mexicanos, ni argentinos, ni salvadoreños, etc., sino latinos o hispanos. Aquí nos llaman inmigrantes, y en nuestros países norteños. Muchos tienen casa en México pero está abandonada. Se rehusan a venderla porque creen que algún día volverán. Otros tienen casa aquí, pero aun con 20 años o más antes de poder pagarla.
Somos inmigrantes porque a otros inmigrantes (anglo-europeos) así les ha dado por llamarnos.
Aquí tenemos que inventar y adaptar palabras: brecas, marketa, pompa, sortear, gasolín, yarda, parqueadero, liquiar, wáchale, entre otras.
Vivimos en el norte con la eterna nostalgia que nos provoca no estar en nuestros pueblos natales y recorrer las calles como lo hacíamos cuando niños. Se nos antoja comernos unos buenos tacos al pastor o una rica torta de jamón, pero de las de allá. Aquí no saben igual.
Y luego, cuando estamos allá también nos sentimos ajenos. Queremos regresar para volver a conducir el auto que acá tenemos y no tener que caminar más.
En otras palabras, estamos jodidos.
Esos que nos miran con indiferencia —que a veces es peor a que nos miren con enfado— no saben que suficiente sufrimiento tenemos con este quebrantamiento de nuestras almas, como para que todavía salgan con eso de que hay que construir un muro en la frontera.
Gabriel Lerner, editor nacional del diario La Opinión, reflexiona al respecto en una columna titulada “¿Por qué vinimos?”
“Para quienes inmigramos de grandes, al llegar nos quebramos. Aquí se borró la pertenencia y confundió la identidad. Las imágenes son desconocidas. Los olores irreconocibles. La comida, las caras, las costumbres, el ritmo de vida, la música, las palabras, todo es extraño. Después de 20 años todavía somos extranjeros. Por dentro seguimos hablando el otro idioma”.
Por eso, cuando el señor del café puso cara de sorprendido ante la respuesta de mi amigo, internamente pensé que quizá eso es algo de lo poco que los inmigrantes no hemos perdido: la capacidad y el derecho de seguir pensando y soñando en nuestro idioma. No hay leyes que nos lo impidan. Todavía no.
Y cuando las haya, seguramente nuestro subconsciente nos orillará a balbucear una mentada de madre contra el político al que se le ocurra.
Claro, la mentada también será en español.





