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Levanto mi mano derecha y pongo la izquierda en el corazón, o en la Biblia (como se haría ante un juez), y digo, bajo juramento: Tengo una página de facebook. Lo confieso.
Comenzó como una idea. Un compañero me dijo que debería abrirla con el nombre de la tienda de futbol (negocio de mi propiedad, para lo que se le ofrezca), para promoción. Lo pensé, se lo comenté a una amiga y ella, ni tarda ni perezosa, en ese momento, me abrió una cuenta.
Al principio poco la utilizaba, pero ingresaba para ver los comentarios. Me parecían hasta cierto punto entretenidos. Amigos me comenzaron a agregar.
Luego, ante las ideas que ahí se exponen, no aguanté la tentación de rebatir alguna, o comentar en alguna otra. Ahora, si bien no soy asiduo ni mucho menos adicto a facebook, si entro con regularidad y me comunico con amigos y familiares que de otra manera difícilmente lo haría. Puedo saber, por ejemplo, que mi prima Vero (mexiquense) está feliz viviendo en Inglaterra, o que mi prima Ericka también lo está con su negocio de Herbalife en Oregon, y que debido a eso no ha podido ir a tomar un café con otra de sus amigas, la cual, dicho sea de paso, no tengo idea quien podrá ser. Sin embargo, sé por esta misma fuente que el miércoles a las 5 p.m. después de una cita con un cliente se iban a juntar para tomarse ese café, lo cual seguramente les hace mucha falta.
Sé, por el facebook, que mi hermano adolescente está teniendo problemas de amores, propios de su edad. Mis papás quizá no lo saben, pero el resto de la comunidad de esta red social ya está enterada. También sé que John Tipton, ex compañero, tomó algunas fotos de la banda Mezcal el pasado viernes en el Cellar Door de Visalia, muy buenas por cierto; y que mi amigo y colega Eduardo Stanley tuvo una edición interesante es su programa de radio “Nuestro Foro” la semana pasada.
Otro compañero asegura, no me lo dijo a mi pero me enteré, que si uno cierra los ojos y se imagina un despertad escuchando el sonido del mar, sucede, uno se sitúa en ese lugar. No solamente lo asegura, lo promete. A mi primo Vera (no Vero, aclaro) le extraña que en los comerciales de cerveza ningún consumidor tenga panza cervecera. También comparte con su amiga, que no es mi amiga, pero como amigo yo de él puedo ver lo que ellos se platican, que se va a ir de fiesta con otros de sus amigos de ellos, que quede claro. Lo interesante es que Vera le dice a su amiga que si no le es posible llegar para ir con ellos de pachanga, entonces seguramente los usuarios de facebook podrán ver en su perfil alguna sesión de fotos de ella tomadas por ella misma, símbolo inequívoco de un alto grado de aburrimiento.
Y Vicky a mi me dice lo mismo, aunque no a través de facebook pues dice que no le halla el chiste (será porque no tiene cuenta). Asegura que aquellos que viven tomándose fotos de sí mismos y poniéndolas en su perfil, o que se la pasan comentando tanto en redes sociales cosas de su vida privada en lugar de hacerlo personalmente, son gente que poco o nada tiene que hacer.
Y es que uno se entera de cada cosa. Por ejemplo, la otra vez alguien que tampoco es amigo mío pero que es amigo de una de mis amigas, compartió que su novia lo dejó porque aparentemente “era muy gay”. Otra usuario quiso que la comunidad ‘facebookiana’ supiera que recibió un regalo preciado de su Ángel guardián, un IPod, el cual hará que sus días en el gimnasio ya no sean miserables. Y hubo incluso quien nos hizo saber los resultados, minuto a minuto, de un juego de golf familiar, y hasta nos enteramos de quién hacía trampa.
Y yo, que de esto sé muy poco y que ni foto tengo en mi perfil, me pregunto si en realidad estas redes sociales de comunicación son verdaderamente sociales y verdaderamente de comunicación.
Y es que, por ejemplo, yo me pregunto (aunque a veces me pregunto por qué me pregunto tanto, como se pregunta una amiga de facebook citando a Facundo Cabral) cómo es que alguien común y corriente, un pobre mortal (si, mortal amiga) como este servidor puede conocer, a través de facebook, que uno de mis compañeros de trabajo es también DJ, y le gusta la música tecno, y yo lo tengo al lado pero no lo sabía.
Paradójicamente, uno puede conocer a una persona que vive en Londres, pero que no pregunten por el nombre del vecino. Hay mucha interacción pero poca comunicación o viceversa. La gente ya no habla con otra gente a través de los medios tradicionales. Es decir, antes las personas se conocían y se invitaban a tomar un café, una copa en algún bar, o a leer un cuento de Borges a la orilla de alguna laguna, en el pasto verde ya casi secándose por la llegada del Otoño, o algo por el estilo. Después, ya en confianza intercambiaban el número de teléfono. En tiempos más modernos pues el correo electrónico, y tiempo atrás supongo que se daban el domicilio para enviarse cartas o se mandaban razones a través del altoparlante de su pueblo, o a través de la radio. Ahora es lo contrario. Primero se conocen y conocen sus intimidades. Sabemos del amigo, amiga o prospecto de pareja sentimental en turno, su información personal: su edad, su fecha de cumpleaños, su color favorito, si se van o no de vacaciones, si les gusta o no el portero del América, si se fueron de fiesta anoche, si han tenido novios o si la última novia los dejó porque ella pensaba que él ‘era muy gay’. Ya después viene lo de menos: conocerse. La cita en el bar o en el café, para el caso es lo mismo.
Qué cosas tiene la vida.
¿Será que estamos muy ocupados socializando en redes sociales, en el messenger, mandando mensajes de texto, etc., que nos olvidamos de socializar, como antes, hablando como Dios o quien sea que sepa de estas cosas, manda?
Es cierto también y ahí yo soy solidario. A veces estas nuevas formas de ‘comunicación’ nos ayudan a protegernos de un “No” que nos puede dar duro en nuestro orgullo y autoestima.
Es mejor que la chica que te gusta diga no a una invitación a ir a escuchar una conferencia de Eduardo Galeano a través de un mensaje de texto, a que te dé la misma respuesta de frente con una cara de “¡Qué aburrido es este güey!” pero adornada con un “me gustaría de verdad pero ya tenía planes, me hubieras dicho antes”. Dicho esto, pretendo dejar establecido que sí, que las redes sociales pueden ser divertidas cuando no se tiene nada que hacer. Pero también creo que a veces perdemos mucho tiempo en enviar mensajes a través de estos medios, cuando podemos tomar el teléfono y decirle lo que le tenemos que decir a esa persona.
O mejor aun, invitarla al café, dejarnos de joder y decirle a esa persona, frente a frente, pues que nos gusta, y que si no quiere ir a escuchar a Eduardo Galeano entonces que ella (o él) sugiera otro plan, y si ese plan no es otro que el de ir a ver una película de Brad Pitt, o la segunda parte de Allien vs Predator, pues ni hablar, al fin y al cabo, a veces si es verdad: en ciertas ocasiones el fin sí justifica los medios. Que Galeano se quede para otra ocasión. Y si te mandan al carajo ya sea amable o cruelmente, pues aguantarse. Diría el escritor Arturo Pérez-Reverte: “No hay nada deshonroso en el soldado que enciende un pitillo y levanta las manos, si antes ha peleado bien a la vista de los suyos. Si antes ha disparado su último cartucho”.
Pues eso.






