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Diario europeo

Noticiero Semanal

¿Quién lo iba a decir” me pregunto a mi mismo mientras le doy un trago a una cerveza en un bar del centro de Amsterdam.

Ahí, en una mesa al aire libre, y frente a uno de los tantos hermosos canales que tiene esta ciudad, veo pasar a gente de toda estirpe. Turistas muchos, locales algunos otros. Y otros más, residentes pasajeros. Como los que se han sentado detrás de nosotros. Dos caballeros vestidos elegantemente pero al mismo tiempo casuales. Ambos toman cerveza “casera” e invitan a otros dos que pasan casualmente por el lugar. Aunque lo de casual es sólo mi imaginación. Todos son músicos, y me imagino que de alguna sinfónica famosa. En la conversación, a la cual los cuatro nos integran de vez en cuando, escucho que hablan de música y de ensayos. 

Y yo, cuando la conversación se aleja un poco de mi interés vuelvo a voltear hacia el canal, donde alguna lancha pasea turistas, y por cuyas calles perimetrales pasa constantemente gente en bicicleta.

Hace 15 años — la mitad de mi vida — yo me encontraba en Parácuaro, Michoacán, soñando con algún día poder viajar, y visitar lugares que para mi eran inimaginables. Y ahora estoy aquí, pienso: en Amsterdam, una de las ciudades más hermosas del mundo — presiento. Y es que todo es tan subjetivo.

Y no termino de impresionarme con este lugar. Una ciudad donde la prostitución es legal y donde las trabajadoras sexuales hacen del oficio un trabajo digno. Se exponen en vitrinas para que los transeúntes puedan verlas y elegir si quieren contratar sus servicios. En esas mismas calles donde uno puede encontrar sex shops, tomarse una cerveza al aire libre en un bar, mientras uno como las prostitutas negocian con algún potencial cliente en el famoso Red Light District, o visitar una iglesia aledaña o un jardín de niños.

Bella ciudad es Amsterdam, la sede de la cerveza Heineken y del museo Van Gogh, donde tener carro es poco práctico porque las calles son angostas y porque las bicicletas, modelo antiguo, es el medio de transporte más funcional y barato.  Aquí no hay que cuidarse de los autos y los conductores locos, como lo tiene que hacer uno en Roma, por ejemplo. Aquí de lo que hay que tener cuidado es de no estar al paso de los ciclistas y estar atento a escuchar las campanas que funcionan de claxon de esos que se transportan en bicicleta.

Recuerdo que yo veía documentales en Discovery sobre esta mágica ciudad y me maravillaba. Y ahora estoy aquí, segúia pensando mientra empinaba mi cerveza.

Y es que a pesar de que esa sensación que desde afuera puede parecer “libertinaje” el ambiente en Amsterdam es de gran tranquilidad. La gente es súper amable. Si a esto le aunamos esa pasividad de sus canales, cuyo caudal si uno observa con atención se lleva con él nuestra imaginación hasta donde ya el agua no es visible. Sólo el sonido de una campana de un ciclista nos vuelve al presente: al bar, a la compañía, a la cerveza.

Y yo me sigo preguntando a qué se debe todo esta tranquilidad que se respira. ¿Será que es porque estoy de vacaciones? ¿o será que así es realmente la ciudad? Contrario a Londres, nadie parece tener prisa aquí y la gente parece libre de preocupaciones.

¿Tendrá que ver el hecho de que fumar marihuana y hachis es legal? Pero atención, nada de cigarros comunes

Ah, es que se me había olvidado contarles. Uno camina por esas estrechas calles de Amsterdam y no es raro respirar ese olor a marihuana que se desprende de algún coffe shop, como les llaman. Ahí, además de poder comprar un capuccino o un refresco, puede adquirir también un cigarro de marihuana. Eso sí, para fumar ahí. Y tienen su menú y todo. Hay de todas las clases, hasta marihuana mexicana venden por allá, qué orgullo. 

Eso debe ser. Tal vez el efecto de esta hierba ayuda a que todo mundo esté tranquilo. Aunque hay vida nocturna, todo es tranquilo. La ciudad es muy segura. Uno puede andar camiando a altas horas de la noche en medio de famoso Barrio Rojo sin ningún problema. 

Una vez que terminamos nuestra cerveza, seguimos caminando por las calles de esta ciudad, vimos artistas callejeros, comimos las famosas papas fritas con mayonesa (aunque nosotros le pusimos ketchup).  Y seguimos disfrutando de esta ciudad.

Tres días estuvimos aquí. Y aunque uno llega a extrañar los tacos, las quesadillas, de vez en cuando es bueno elegir otro país para salir a vacacionar, además de regresar al nuestro cada vez que tenemos oportunidad. 

Efectivamente, ¿quién se iba a imaginar?


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