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No matches found.La cuestión del “exiliado” cubano
Ahora que hemos tenido la primera ronda de comentarios sobre un senador cubano-americano y la historia de su familia, es hora de profundizar y reconocer lo que está realmente impulsando esta controversia.
Es lo siguiente: Marco Rubio es el nuevo Elián González.
Nunca, desde que unos pescadores encontraron al niño cubano de 5 años flotando en un neumático, en la costa de Florida en noviembre de 1999, han estado las relaciones entre cubano-americanos y mexicano-americanos más tensas. Mientras el país debatía si Elián debía ser devuelto a su padre cubano o debía permanecer con sus parientes de Miami, los dos grupos ocuparon bandos opuestos.
Para los cubano-americanos que pensaron que Elián debía quedarse allí, la cuestión era la libertad. Para los mexicano-americanos que deseaban que el niño se reuniera con su padre, la cuestión era los valores familiares.
En aquel entonces, yo ocupaba una posición que era bastante singular: la de un mexicano-americano que estaba de acuerdo con los cubano-americanos.
Ahora, la familia se está peleando nuevamente. Por esto podemos agradecer a un senador de la Florida. Esta estrella de rock republicana de 40 años —que se ha convertido, en círculos del Partido Republicano, en el latino más popular desde que Ricardo Montalbán recibía a los invitados en la Isla de la Fantasía— ha sido descuidado en la forma de contar la historia oral de su familia y oportunista en la manera de enfocar el asunto de la inmigración. Esos dos temas chocaron recientemente.
Rubio anunció que sus padres, Mario y Oriales, llegaron a Florida después de que Fidel Castro asumiera el poder en 1959, pero ciertos documentos sacados recientemente a la luz por el Washington Post y el St. Petersburg Times muestran que sus padres llegaron en 1956. Fueron inmigrantes que emigraron por causas económicas, no exiliados políticos.
Muchos estadounidenses cuyos antepasados no son ni cubanos ni mexicanos pueden preguntarse por qué tanto lío.
Algunos dicen que el asunto es realmente político, un intento de los demócratas y de los medios liberales de dañar a Rubio, porque es una amenaza. Otros dicen que Rubio debe tener más cuidadoso con los hechos. Ambos grupos tienen razón.
Pero el verdadero asunto aquí es la cuestión cubano-mexicana. Rubio se ha metido en camisa de once varas con los mexicano-americanos, hasta el punto de que lo más inteligente, para un nominado republicano sería no escogerlo como compañero de fórmula, salvo que quiera ver la mitad del sudoeste dándole la espalda y votando en contra de la fórmula del Partido Republicano.
En 2009, Rubio afirmó: “Nada contra los inmigrantes pero mis padres son exiliados”. En la noche de la elección, en 2010, redobló con lo siguiente: “Me he criado en una comunidad de exiliados, de gente que perdió su país, de gente que sabe lo que es vivir en otro lugar. Y a propósito, una comunidad de la que me enorgullezco de formar parte. … No importa adónde vaya o que título pueda alcanzar, siempre seré el hijo de exiliados”.
Al esforzarse de esa manera en distinguir la experiencia de su familia y comunidad de la de aquellos que vienen a Estados Unidos por motivos económicos —la mayoría de ellos de México— Rubio entró en el juego de una dinámica que ha existido desde que los cubano-americanos comenzaron a llegar en grandes números durante los años 60.
Los cubano-americanos representan alrededor del 3 por ciento de los 50 millones de latinos de la nación, una pequeña tribu comparada con el 67 por ciento representado por los mexicanos y mexicano-americanos. Aún así, son más educados, más ricos y tienen más poder político.
Lamentablemente, los cubano-americanos también tienen la reputación de despreciar a sus parientes lejanos, duros trabajadores, pero a menudo, menos exitosos. Por supuesto, los cubano-americanos empiezan con una gran ventaja: categoría legal automática bajo esa reliquia de la Guerra Fría, la Ley de Ajuste Cubano de 1966.
Hace casi 20 años, mientras era co-locutor de una programa radial en Los Ángeles, tuve un encuentro con una productora cubano-americana en Hollywood. Me preguntó dónde me veía a mí mismo en los próximos años, y yo le presenté una ambiciosa trayectoria profesional. Pareció confundida.
“Tienes objetivos muy elevados”, disparó. “Eso no suena muy mexicano”.
En su visión del mundo, los mexicanos eran humildes, complacientes y dispuestos a conformarse con menos. Estacionaban el coche de uno, limpiaban su casa, cortaban el césped y criaban sus hijos. Pero aquí estaba yo, soñando a lo grande. Para ella, era el tipo de cosa que uno podía esperar de un cubano-americano. No de un mexicano-americano.
Un día, Castro morirá. El Congreso debería celebrar la ocasión revocando la Ley del Ajuste Cubano. Entonces, los cubanos que vengan a este país no serán exiliados sino inmigrantes, y podrán empezar donde lo hacen la mayoría de los inmigrantes mexicano-americanos —desde el fondo.
Eso quizás diera a sus descendientes, gente como Marco Rubio, algo de lo que carecen: humildad.
La dirección electrónica de Ruben Navarrette es ruben@rubennavarrette.com.




