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Las cosas bellas de la vida

Noticiero Semanal

A veces los verdaderos placeres de la vida se encuentran en las cosas simples. Lo difícil es darse cuenta.

 

Yo lo supe hace algunos años. En uno de esos viajes de vacaciones a México que suelo hacer en el verano para visitar a mis padres.

 

Recuerdo bien, era una de esas tardes acogedoras en el patio de casa de mis papás, ese pequeño patio que sirve como punto de reunión, donde la visita llega y se sienta, se toma su refresco, platica y saluda a la gente que pasa por la calle.

 

Pues ahí estaba yo. Habíamos quedado de salir de pachanga con unos primos. Ya sabe usted, uno va de vacaciones, ves a los amigos de siempre y no faltan las invitaciones. Y esa era una rutina que yo empleaba muy a menudo en mis viajes a México.

 

Ya me había bañado, pero como aun era temprano me quedé sentado en ese cómodo sillón que tenemos en ese famoso patio. Me puse a platicar con mis papás, y mi hermano. Del tema no me acuerdo, pero el caso es que se fue haciendo tarde. Yo sabía que el tiempo que tenía para arreglarme se reducía. Mi primo llegaría por mi en cualquier momento. Pero yo seguía allí, divertido con la conversación.

 

Luego se nos unió mi tío “Chilín” y la plática se tornó más divertida. Las risas eran incontenibles. Yo todavía con la toalla en mano. A ese punto ya había decidido que dejaría plantado a mi primo y los amigos con los planes.  Llegaron por mi y ya se imaginará usted la cara que pusieron al verme allí sentado, muerto de la risa, y para nada listo para nuestra noche de pachanga.

 

Conociéndome, mi primo en lugar de irritarse terminó por unirse a la conversación. Más tarde sacaron el dominó, y lo que se suponía sería una noche fuera terminó conmigo conversando con mis papás, mis hermanos, mis tíos, primos. Después de todo, a eso es a lo que iba a México.

 

A partir de esa ocasión, me di cuenta que el verdadero descanso mental uno lo consigue al lado de sus seres queridos. Y como suele decir una amiga mía, a veces, para ser feliz, no hace falta nada más que un plato de comida y tener con quien compartirla.  Y esa es mi terapia. Cada vez que voy de vacaciones suelo pasar ricas veladas en casa, platicando con familiares y amigos, por el simple placer de hacerlo. Así descanso, así recargo mis baterías.  Pero no crea usted que es la única manera de recargar baterías y de enriquecer el alma.  Y de esto también me di cuenta en forma repentina.

 

Fue hace poco, había llovido toda la noche y parte de la mañana, pero la lluvia había cesado por un momento. Yo me encontraba en casa frente a mi computadora, con la mente en blanco, buscando temas para escribir una columna.

 

En eso estaba cuando recibo una llamada. Era el amigo Adrián. “Deberíamos de ir a dar un paseo rumbo a Springville, las montañas se ven muy lindas”, me dijo. Yo lo dudé un poco y le dije que me dejara pensarlo porque estaba un poco ocupado. Por un momento me sedujo la idea, pero nada para volverme loco, después de todo, pensé, ¿Qué carajos tienen de especiales las montañas después de la lluvia?

 

Pero el amigo Adrián insistió. Al final accedí. “Paso por ti en cinco minutos”, le dije. Y partimos.

 

Cuando comenzamos a llegar a la zona, en mi auto, con música variada de Jarabe de Palo, Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez, Los Fabulosos Cadilacs, entre otros, comenzó la magia.

 

El amigo Adrián emocionado comentaba: “¡Qué hermosura de colores!” y yo me esforzaba por ver algún arcoiris o algo por el estilo al mismo tiempo que maniobraba al volante para no caer en algún barranco.

 

Pero nada de arcoiris.  Y de repente, como por arte de magia, los vi. ¡Es hermoso ver la montaña justo después de la lluvia! El cielo está limpio, los árboles parecen más vivos, la vegetación en general tiene más colores. El agua del río se veía cristalina, limpia, tanto que si no fuera por el frío darían ganas de entrar y darse un chapuzón.

 

La plática tomó más relevancia. El amigo Adrián me contó de su lugar favorito en este mundo. Me describió una montañita en el barrió donde él creció, en el Monstruo, como más tarde me di cuenta le llama al D.F.

 

En nuestro camino de regreso, estacionamos el auto en Springville, y caminamos en busca de un café. Para este entonces ya había comenzado a llover. Encontramos este lugar donde adquirimos un pie de manzana, un café y nos sentamos afuera, para ver el paisaje.

 

Con café de por medio, y pláticas sabrosas como las que solemos tener con el amigo Adrián, pudimos apreciar la lluvia, frente a la monataña, a la cual Adrián encontró cierto parecido con el Ajusco, allá donde él solía tomar café con piquete y comer quesadillas de flor de calabaza.

 

Cosas simples las que le cuento. Pero verdaderamente placenteras.  Regresé a casa esa tarde, inspirado, con baterías listas. Y mire usted, hasta conseguí una idea para esta columna.

 

Digamos que esa charla fue la despedida del amigo Adrián. Se regresó a Texas, y ahora sé que ha vuelto al D.F. al Monstruo, a donde no regresaba según me dijo hace muchos años, tras haber andado y andado por muchas partes de este mundo. Y seguramente ya visitó su lugar preferido. Y yo, por facebook sigo insistiendo en que escriba una columna, con anécdotas, como esa cuando se fue del D.F. a Madrid en busca de Joaquín Sabina, o cuando estuvo en Chiapas con los zapatistas. A ver si lo convenzo.

 

Mientras yo seguiré apreciando las cosas simples de la vida, las que nos dan placer verdadero y a veces hasta nos dan inspiración para escribir, o cantar, o recitar, o platicar.  Tréatelo usted, se lo recomiendo, siga el consejo que del Subcomandante Marcos ofrece a Eduardo Galeano en una de sus cartas: “Escoja usted una noche de lluvia, relámpagos y viento. Verá cómo el cuento sale así nomás, como un dibujito que se pone a bailar y a dar calor a los corazones que para eso son los bailes y los corazones”.


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