Resulta que el verano del año pasado anduve por Ixtapa, Zihuatanejo de vacaciones. Sólo un par de días, lo suficiente para que me engancharan en un tour en el prestigioso hotel Meliá Azul Ixtapa, propiedad, si mal no recuerdo, de un grupo español y del presidente del club de futbol Cruz Azul.
La idea, según me dijeron, era que yo les diera 30 minutos de mi vida a cambio del derecho de disfrutar sin límite las instalaciones de este resort. Yo, inocente que soy, accedí.
El tour fue muy bueno. Pero al final me metieron a un salón de ventas. Y ahí insistieron en venderme una membresía. El tira y afloja duró alrededor de tres horas. Al final me convencieron y esto fue lo que compré:
• Una membresía por 30 años, la cual estaré pagando en cómodas mensualidades por un lapso de tres años.
• El derecho a hospedarme en cualquiera de los resorts de Meliá alrededor del mundo a los precios establecidos en mi contrato, sea cual sea la tarifa que el hotel cobre al resto de los mortales. Esto, claro, bajo un sistema de puntos, los cuales se van consumiendo a medida que yo vaya utilizando los beneficios. Los precios serán los mismos durante los próximos 30 años.
• De regalo, tres semanas pagando únicamente la tarifa de hospedaje, sin utilizar mis puntos.
• Membresía al club vacacional RCI para cuando quiera utilizar alguna semana en algún lugar donde Meliá no tenga hoteles.
• Otro regalo: tres certificados de RCI de una semana cada uno, con los cuales me puedo hospedar la semana completa por sólo 149 dólares en cualquier resort disponible a través de este club de intercambio vacacional.
Híjole, con todo esto quien se podía resistir. Pero aclaro. Arriba menciono que esto fue lo que compré. En realidad debo decir que esto fue lo que creí haber comprado.
Pues resulta que ocho meses después quise hacer uso de mis beneficios.
Mi destino pretendía ser Cancún. Así de que comencé las llamadas. Pido hacer uso de mi certificado e intento hacer una reservación en el hotel Meliá de Cancún. Después de revisar, la persona al otro lado del auricular me comunica que desafortunadamente los hoteles Meliá no aceptan dicho certificado. Y yo me pregunto: “¿cómo, si ellos mismos me lo dieron?” Después les doy mi segunda opción. Desafortunadamente, este resort tiene restricciones para el uso del certificado, me dicen. Mi tercera opción sí acepta el certificado, pero es un resort de los llamados “todo incluido”; es decir, que al hospedarme allí tendría que pagar una cantidad extra para poder comer y beber sin límite alguno durante la estancia en ese resort. No sonaba mal, sobre todo porque cuentan con más de siete restaurantes y cuatro bares exclusivos. El problema es que el costo del “todo incluido” es de 260 dólares al día, por persona. Y esto es obligatorio.
Pido entonces que me busquen un hotel en donde el “todo incluido” no sea obligatorio y que acepte el certificado de regalo que poseo. La respuesta es deprimente. “Señor, desafortunadamente los únicos hoteles que no son ‘todo incluido’ obligatorio no aceptan su certificado”, me dice la amigable voz. Y yo estoy que me lleva la que me trajo.
Decido entonces declinar utilizar el certificado y llamo directamente para hacer uso de mi membresía y mis supuestos beneficios. De hecho encuentro una habitación disponible (para mi mala suerte, la más cara). Es una suite para 10 personas y cuesta 810 dólares por toda la semana, y el ‘todo incluido’ no es obligatorio. Claro, no está del todo mal, pero solamente somos dos personas, y si a ese costo le agregamos los boletos de avión y las comidas, aparte de los paseos a Xcaret, Chichen Itza y demás, olvídelo. Sale demasiado caro, y no es lo que yo tenía presupuestado.
Así de que cambio de planes. Intento primero buscar un lugar donde pueda hacer uso de mi certificado. Y claro, me encuentran un hotel en La Paz y otro en Rosarito. Hágame usted el soberano favor. ¿Qué va de Cancún a Rosarito?
Decido probar con Puerto Vallarta. Yo mismo encuentro una lista de hoteles que no tienen el “todo incluido” obligatorio. Se lo hago saber al agente de RCI y, curiosamente, ninguno tiene habitaciones disponibles para esas fechas o hay restricciones para el uso del certificado.
Cambio nuevamente de plan. Reviso la disponibilidad en Internet para hospedarme en el Meliá de Puerto Vallarta. Y hay un paquete muy bueno que cuesta poco más de 1,200 dólares por una semana, todo incluido. Y yo me digo, “¡bingo! si esto es sin ser miembro, imagino que a los socios nos saldrá más barato”.
Pero otra vez, imagino mal.
Llamo nuevamente. Tienen disponible la Junior Suite, me dicen. Sólo tengo que pagar 610 dólares por una semana. Bueno, digo para mis adentros, al menos es un poco más accesible. Pero luego viene la mala noticia. No es todo incluido. Si quiero agregar ese extra, tengo que pagar 48 dólares más por persona, por día. Así de que el total sería 1,282 dólares por una semana. Nada mal, en circunstancias normales, pero se supone que no son circunstancias normales: yo soy socio de Meliá. Eso mismo le hago saber al agente.
Pero él no se inmuta.
— Eso es lo que es señor, me dice.
— Entonces ¿cuál es el beneficio de ser socio? pregunto.
— Le estamos dando una habitación para seis personas por sólo 610 dólares, y el servicio de todo incluido lo paga usted.
Entonces, ya enojado, pero tratando de controlarme respondo:
— Pero solamente somos dos personas, ¿de qué me sirve tener una suite para seis? Además sin ser socio, se puede comprar ese paquete por la misma cantidad.
— Pero este paquete es para seis, y el que usted menciona es para dos, me responde.
Ya decepcionado y seguro de que de esa respuesta no lo voy a sacar, decido darle las gracias, haciendo un esfuerzo para no ser grosero, y para evitar decirle que él, sus jefes y el vendedor que me atrapó, pueden meterse su maldita membresía por donde consideren conveniente.