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Los inicios de la lucha

Hombre de McFarland fue uno de los iniciadores del movimiento campesino de los '60s.

Noticiero Semanal

Epifanio Camacho no es un tipo ordinario. A sus 86 años luce fuerte, lúcido, aun y cuando dice tener una “vida artificial”, debido a la cantidad de medicinas que debe consumir.

En su casa de McFarland, donde ha vivido ya por muchos años, Camacho suele recordar y platicar con los amigos sus vivencias como luchador incansable de los derechos de los trabajadores.

Él fue de los iniciadores de la lucha que se le acredita a César Chávez, para mejorar las condiciones de trabajo de los campesinos en los años ‘60s. 

Él estuvo allí y sufrió en carne propia todos los sinsabores.

Pero pocos lo recuerdan. O lo que es peor, pocos lo saben.

Camacho llegó de Tamaulipas, México “ya legalmente” en el 55, al Valle de Texas. Allí trabajó en un cementerio, bajo las órdenes de un capataz que había sido también capataz en las minas, en Méxi co.

Desde ahí Camacho comenzó a experimentar la represión y el maltrato laboral.

“Lo de siempre, el privilegio no es para el que viene a trabajar, es para los empleadores. El trabajador viene con ilusiones; ilusiones que no van a cumplir se”, dijo.

Eso lo descubriría más tarde en su vida.

Cuando se estableció en McFarland, Camacho comenzó a laborar como injertador en los sembradíos de rosales.

“Uno anda de rodillas, a cada planta hay que abrirle el tallo a dos pulgadas del suelo, y hay 2500 plantas en un surco”, dijo Camacho. “Otro día para levantarte de la cama tiene que ayudarte alguien porque no te levantas. Son trabajos perros que no son para humanos”.

Aunado a lo arduo de la labor, Camacho y sus compañeros tenían que sopor tar los bajos salarios y la explotación por parte de los patrones. El acuerdo era de 10 dólares por cada mil plantas, pero en el cheque sólo veían reflejado 8 dólares.

Camacho insistió a sus compañeros que debían protestar y acordaron hacer lo. Pero al momento de la verdad lo dejaron solo.

Sin embargo, él no se quedó de brazos cruzados y llevó su caso a la Labor Comision, más tarde fue citado a juicio para resolver el litigio.

“Yo no pude conseguir testigos, todos mis compañeros temían perder su trabajo. El patrón si llevó a otros rancheros como testigos. Dijo que lo que yo recla maba no era parte del pago sino una propina que él daba a sus trabajadores al final del año por el trabajo”, recordó Camacho.

“Y luego dijo, ‘pero Camacho es un

buen trabajador’, y sacó su chequera y me hizo un cheque por 30 dólares.

“Yo no mantengo a mi familia con propinas, y le aventé el cheque entre los pies”, dijo.

Luego, recordó, “el juez tomó la palabra y dijo ‘Ustedes los trabajadores deberían de estar agradecidos por  tener patrones que les regalan dinero sin haberlo ganado’.

“Esas cosas no se olvidan”.

En ese momento Camacho se quedó sin ese  empleo, pero él creía tener otro trabajo asegurado.

“Yo tenía empleo también en Shafter, llegué, agarré mi surco y comencé a trabajar, pero luego vino el mayordomo y me dijo: ‘Camacho, lo siento pero el patrón no te va a dar trabajo’”.

Pronto todas las compañías alrede dor lo pusieron en una lista negra. Camacho estaba en apuros.

Sobrevivir sin trabajo

“La cosa no era fácil soportarla”, dijo, “Una cosa es decir ‘no tengo comida’ y otra es deveras no tener comida. Yo tenía que salir a robar papas en las noches para darle de comer a mi familia, pero mi familia ya no quería más papas.

“Fui y compré un folleto con instrucciones para enlatar frutas, y comencé a enlatar duraznos, ciruelas, chile, nopales y puse mi pequeña tiendita en mi casa”, dijo sonriendo, recordando esos malos momentos ahora como meras anécdotas, como recuerda cada detalle de aquellos tiempos. Luego, la seriedad le volvió al rostro.

 “Por hambre no me iban a rendir estos cabrones”.

Camacho sabía que la única manera de revertir la situación era organizándose, pero cómo, se preguntaba. “Si por lo menos encontrara a otro ya serían dos, pero dónde estaba el otro”, se decía.

Y lo encontró.

“Me encontré un día a Manuel Rivera, me dijo que allá en Delano andaba un hombre organizando campesinos. Era César Chávez, yo ni lo conocía, ni lo había oido mentar”, narró.

Esto fue en el año de 1965. Allí Camacho encontró lo que buscaba, un grupo de personas con quien luchar para organizar gente y terminar con la explotación.

Camacho le contó su problema a Chávez y éste le propuso que hiciera una reunión en su casa.

Pero no le fue fácil. Nadie le quería ni abrir la puerta. Los trabajadores temían relacionarse con él pues estaba en la lista negra y no querían arriesgar su empleo. 

A la junta llegaron tres personas. “Vino Chávez y Julio Hernández, y entonces Chávez comenzó a preguntar sobre el trabajo. Acordamos otra junta en Delano, ahí fuimos 30”.

Al principio, Chávez se oponía a rea lizar una huelga, “Esas son palabras mayores Camacho”, decía Chávez según narra Camacho.

Tras debatir por algunas horas, en la junta se acordó hacer una huelga. Se consiguieron más seguidores y se hizo.

“Los principios en una lucha son importantísimos”, dijo Camacho. “Chávez era un fanático católico, llevó un cristo de palo y a mi no me gustó, pero seguimos adelante”, agregó.

Esto fue en los primeros de mayo de 1965. Según Camacho no hubo esquiroles. La compañía necesitaba a los trabajadores y por la noche fueron a tocar puertas para pedirles que regresaran al trabajo y a cambio cumpli rían sus demandas.

“Al siguiente día se metieron todos al trabajo. Chávez, Dolores Huerta y yo nos quedamos solos y nos fuimos decepcionados”. 

Pero algo se logró.

“Otras compañías aumentaron el sueldo, fue un buen avance, cientos de trabajadores recibieron aumento. El único que no consiguió nada fui yo. Otra vez estaba sin trabajo”, agregó gesticulando, quitándose la gorra una y otra vez, y sacando su pañuelo blanco de su bolsillo derecho para limpiarse la cara. 

Esto era sólo el principio. Camacho efrentó adversidades, no solamente de su ‘enemigos’ abiertos, sino desde adentro, del mismo sindicato al que él ayudó a formar con luchas en las que dejó incluso sangre.

“Yo la lucha la tomé de corazón, no nada más para andar de vacilada”, dijo. “A mi me sacaron o me obligaron a salirme (del sindicato UFW)”

“A Chávez lo quieren pintar como el que hace que el sol salga pero no es así”, dijo y comenzó a entrar en materia, a hablar de las marchas, de las huelgas, de César Chávez, de la violencia y la no violencia, de su vida como luchador social.

En la próxima edición:

• Sus desacuerdos con Chávez

• Tácticas de intimidación en 

  su contra

• Sus ideas sobre la no violencia

• Su simpatía con el comunismo

• Su verdad


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