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Los pobres y el impuesto
Lo he escrito en anteriores ocasiones. A veces los personajes varían, pero el resultado es el mismo.
Un niño se me acercó en una gasolinería de Sinaloa, en pleno desierto. Yo viajaba a Michoacán en auto y estaba cargando gasolina. El niño tendría algunos 8 o 9 años y se me acercó para tratar de venderme unos dátiles. La verdad la fruta se veía poco apetecible, pero no le podía decir que no al chamaco que calzaba unos huaraches cruzados todos remendados, un short rojo sucio y viejo y una playera con dos agujeros tan notables como su desesperación por vender alguno de esos mallugados dátiles.
A un lado de esa gasolinería había un par de casas en malas condiciones. Una señora que también se me arrimó a tratar de venderme algo, habitaba en una de esas casas.
“¿Cómo pueden vivir así?” le pregunté yo ignorante como si uno realmente eligiera su destino, aunque yo me refería al fuerte calor seco más que a la pobreza extrema. “Ya ve, uno se acostumbra, aquí nos tocó vivir”, me dijo la señora que me dejó sin palabras.
Luego, ya entrando a Michoacán, vi a una señora con tres chamacos todos arreando a la orilla de la carretera a un par de vacas lecheras, aunque eso de lecheras es sólo un decir, pues las ubres se les veían secas y las vacas estaban más flacas que las esperanzas de una vida mejor para esa familia.
Al verlos me imaginé: seguramente es una madre viuda que hace hasta lo imposible por mantener a sus hijos, quienes tienen que ayudarle a la mamá con los animales pastando a la orilla de la carretera a falta de tierras y dinero para comprar pastos, en lugar de ir a la escuela, porque para ellos es prioridad comer que saber leer o sumar. Por eso cuando me dicen que todo en esta vida es posible si uno se lo propone, yo siempre reviro y muestro mi desacuerdo. ¿Qué hay de esos que tienen que pensar primero en si van a tener tortillas para la comida, antes de pensar en estudiar arquitectura o comercio internacional en el Tec de Monterrey?
Y luego ya en el pueblo de uno nos encontramos nuevamente con don Fermín, con don José, con don Plutarco, con la señora Casimira, que apenas y tiene para mal comer tortillas con nopales.
Toda esa gente pobre y que vive en pobreza extrema con el montón de hijos, y que ahora, con el paso del tiempo siguen en la misma situación.
Y todo esto viene al caso ahora que en México se debate el aumento en los impuestos, en tiempos de crisis. Ese 2 por ciento que le quieren sacar a todos (incluyendo pobres) para ayudar a los pobres, según argumenta el gobierno mexicano.
Y habrá que estar de acuerdo en parte con la idea de la recaudación. Un país que pretenda ser sustentable tiene que tener una buena recaudación tributaria, como sucede en países como Estados Unidos.
El problema es que esa recaudación perjudica más a aquellos que menos tienen. Es decir, le quieren quitar el dinero a los pobres para “ayudarlos” después. Bastante haría el gobierno con no ‘joderlo’ más. México, lo dice el mismo presidente Vicente Calderón, es una máquina eficiente en la producción de pobres, nada más 60 de los 107 millones viven en esa condición.
Y aun más, como lo cita el periodista Ricardo Rocha en una de sus columnas en el El Universal, uno de cada cinco mexicanos “sobreviviendo en lo que los expertos oficiales llaman ‘pobreza alimentaria’, y que en cristiano se conoce como morirse de hambre cada día”.
Pero el actual gobierno sigue y enfatiza la idea de que todo el dinero es para los pobres.
Si eso estuviera garantizado, ¡Caramba! apuesto a que los pobres pagarían doble impuesto
Y todas esas campañas hacen que uno se pregunte: ¿De verdad los gobiernos siguen pensando que la gente es tonta?
Mire usted, durante el mandato de Carlos Salinas de Gortari de la presidencia, según él y los expertos oficiales, el país tuvo un crecimiento vertiginoso económicamente. Luego llegó Ernesto Zedillo y tras superar la devaluación, al final, dicen los expertos oficiales, la economía mexicana ya había crecido en un 7 por ciento.
Luego Vicente Fox argumenta que México creció en un 3 por ciento durante su estancia como presidente.
Después hablan en términos técnicos que se escuchan muy bonitos: que si hubo un crecimiento económico equitativo, incluyente y sustentable. Que disque se redujo el déficit público y que se incrementó el producto interno bruto.
Ahora dicen que se reducirán los gastos innecesarios de burócratas que viven de los ciudadanos (pobres incluidos).
Y entonces uno se pregunta si ese niño sinaloense que vendía dátiles, o la señora de la gasolinería, o la otra que arreaba las vacas con sus hijos, o don Fermín, o don José, o don Plutarco, o doña Casimira seguirán vendiendo dátiles, arreando vacas flacas y mal comiendo tortillas duras con nopales, más por gusto que por antojo.
Uno se pregunta también ¿cómo se mide el crecimiento? ¿Cómo miden los resultados de la lucha contra la pobreza?
Y de seguro los personajes como don Fermín, don Plutarco, doña Casimira, el niño de los dátiles que ahora tendrá algunos 16 años, se han de preguntar lo mismo y han de decir que si, que todo eso del crecimiento económico equitativo, incluyente y sustentable y lo del dos por ciento de impuestos para combatir la pobreza suena muy bonito, pero al final de cuentas, y eso nadie me lo va a contar, ellos siguen y seguirán estando igual de jodidos que siempre.
Miguel Ángel Báez es el editor de Noticiero Semanal, escríbale a mbaez@noticierosemanal.com






